domingo, 6 de abril de 2008

Cartagena de Indias

Cartagena de Indias es la ciudad más internacional de Colombia. Durante siglos fue el puerto más importante de América, desde el que salían los tesoros prehispánicos hacia Europa. Por ese motivo, fue objeto de deseo de ingleses y franceses que atacaron continuamente la plaza española, obligando a construir una serie de defensas muy desarrolladas para la época. Estas defensas: castillos, fortalezas, murallas y hasta un arrecife artificial que cerraba el paso entre dos islas y que hoy es la zona más desarrollada de la ciudad, consiguieron parar a los forasteros, pero no a los mismos cartageneros que consiguieron la independencia de la ciudad en 1816.




Pues bien, el encanto de Cartagena reside en esas edificaciones militares, pero también en las numerosas iglesias, museos y casas preciosas que llenan el casco antiguo.




Al llegar a la ciudad y ver la arquitectura, las callejuelas de colores, los balcones con flores, los patios con su sonido de agua constante te remite a las ciudades andaluzas. Como yo estuve en Cádiz en verano, me dio la sensación de estar en una segunda ciudad gaditana, pero con su personalidad, con su carácter caribeño y sus gentes amables.




Durante cuatro días no hicimos otra cosa que pasear, perdernos por las calles cartageneras, decir “no gracias, no quiero nada” a los miles de vendedores ambulantes y disfrutar del clima caliente pero con su brisa que hacía el sol llevadero.



miércoles, 2 de abril de 2008

Tayrona y Pueblito

El Parque Tayrona es uno de las grandes reservas naturales que engloba Colombia. Situado en la costa de Santa Marta incluye bosque tropical, playas enormes y de grandes olas, animales de todo tipo y hasta un poblado indígena abandonado tras la llegada de los españoles en el siglo XVI y reconstruido como atractivo turístico.

A Pueblito nos dirigimos Carmen y yo el segundo día de estancia en las posadas. Al principio teníamos que ir los cuatro pero mi padre estaba muy constipado y ellos dos fueron a hacer otra excursión más sencilla.

La subida es bastante dura. Pero la llegada merece la pena. El asentamiento está lleno de terrazas de piedra en las que los indígenas organizaban su vida social, Además, como sus creencias no les permitían pisar la tierra, todo el poblado y la bajada hasta el mar está empedrado.



Así como la subida, que la hicimos por la parte menos transitada, estuvo bien, la bajada fue mucho más dura. El camino, durante una hora, es de grandes rocas entre las que se ven huecos bastante peligrosos. Nosotras íbamos equipadas para la excursión, con buen calzado y agua, pero gente que subía por allí lo hacía en chanclas y sin nada líquido para tomar. Entre los que nos cruzamos en el tramo hasta la playa estaba Albert, el becario de la Agencia EFE de Bogotá y, después de hablar un ratito, nosotras seguimos nuestra marcha hacia la playa y él hacia arriba.


La llegada a la playa fue un poco decepcionante. El parque, en Semana Santa se convierte en un camping de domingueros cutre y la costa, pese a ser preciosa, no permite el baño en muchas partes. Además, nosotras estábamos tan cansadas que, el mero hecho de pensar en ponernos el bañador y luego tener que vestirnos de nuevo se planteaba como un suplicio grande. Así que, después de comer, le dijimos a nuestro guía que podíamos emprender el camino final hasta casa y, en la parte que se hizo más larga de todo el día, anduvimos casi dos horas hasta la salida del parque y volvimos a nuestra cabaña.




La excursión, sin duda, mereció la pena, aunque el dolor de piernas que paseamos los siguientes tres días nos hizo reconocer nuestro mal estado de forma...

sábado, 29 de marzo de 2008

Cabañas y Río Buritaca

Después de dos días en medio del desierto, emprendimos el camino hacia Tayrona. Para ello, sumamos las cuatro horas de coche por “pista abierta” (carreteras sin asfaltar) y dos horas normales en un transporte colectivo hasta llegar a las Posadas de San Rafael, que son unas cabañas preciosas conseguidas gracias al “Plan Colombia” (plan del que hablaré cuando haya terminado mi crónica del viaje) y situadas a escasos 500 metros de la entrada principal del Parque Tayrona.



Allí estuvimos 3 noches en las que nos sentimos en el paraíso. Desde las Posadas conocimos parte de la riqueza natural de Colombia, bajando hasta el río Piedra (el único de Colombia que va al revés y todavía no sé qué significa eso), fuimos hasta la desembocadura del río Buritaca y, al día siguiente, Carmen y yo subimos a Pueblito.





martes, 25 de marzo de 2008

Cabo de la Vela

Tras más de 10 días desconectada del mundo bloggero, no me queda otra que actualizar este diario con todo lo que hemos hecho la familia Alemany Morell en Semana Santa.



En esta ocasión, el destino del viaje fue el norte de Colombia: la Guajira, Tayrona y Cartagena de Indias. Tres destinos totalmente diferentes y que demuestran que el país tiene una riqueza natural e histórica enorme.

El sábado 15 cogimos un avión hacia Riohacha, la capital del departamento de la Guajira, allí comimos y nos dirigimos en un 4x4 hacia el Cabo de la Vela. El camino hacia allí es espectacular. Empieza con una vegetación pobre de arbustos y matorrales hasta que desaparece convirtiéndose en un amplio desierto junto al mar. Las carreteras por allí son escasas y durante una buena parte del trayecto fuimos sobre la arena de la playa.



La llegada al Cabo es diferente a la de cualquier otro sitio. Allí ves la inmensidad y te sientes en medio de la nada. Miras hacia un lado y ves mar y, hacia el otro, desierto, algunas cabras y poco más.

En la Guajira habitan los wayúu, los indígenas más numerosos tanto en Colombia como en Venezuela y que cruzan las fronteras sin ningún problema. Es más, en la Guajira, el contrabando de productos venezolanos está a la orden del día y nadie pone freno a las gasolineras ilegales que te llenan el depósito con bidones y mangueras, o a los mercados en los que el ketchup llega en botes enormes desde el país vecino.




En el Cabo nos quedamos dos noches en una cabaña sobre la playa, sin más pared que unas cañas por las que entraba arena y bichos. Pero la sensación de estar allí es como la de estar en un paraíso de hace décadas. En toda la zona no hay más luz que la que da la planta eléctrica entre las 6 y las 10 de la noche, por lo que a esa hora prácticamente ya dormíamos y amanecíamos temprano viendo el mar.




La zona es un destino muy apreciado por los amantes de los deportes náuticos que precisen viento, pero a nosotros nos impresionó por sus playas de arena desértica, prácticamente vacías, por el pescado, la langosta y los camarones que comimos (después de casi 6 meses en Colombia he agradecido una semana entera comiendo pescado).



Después de esas dos noches, otras 4 horas de coche hasta Riohacha, comida, compra de un bolso típico y otras 2 horas en colectivo hacia la zona de Tayrona.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Invierno y verano

Una que nació el 20 de febrero cuando Mallorca se cubría de blanco y el frío helaba las calles, adora el invierno. Le gusta ponerse abrigos gruesos, bufandas, jersey de cuello vuelto y hasta meterse en la cama con las sábanas frías. A esta misma, que es de isla, le gusta el verano. Adora ir a pescar por las tardes con su madre, su abuela y tía Carmen y tía Lourdes. Acepta los 40 grados con resignación, y hasta sale más de noche por Mar Salada y por las verbenas de los pueblos en busca de una diversión a la que no le ve interés durante el invierno. Pero, esta una, no está acostumbrada a los otoños y primaveras. La lluvia le cambia el humor y considera que los días grises son para quedarse en la cama con un buen libro.

Esta una ha terminado en una ciudad en la que, ni hay invierno ni hay verano. Sólo se conoce el otoño y algunas temporadas de primavera en la que el sol pica pero la ropa es la misma que en el supuesto otoño. Esta mallorquina en la otra punta del mundo lleva 5 meses vistiendo la misma ropa, calzando los mismos zapatos y paseando los mismos bolsos. Esta una viaja en busca de otros climas para que le suban el ánimo y se ha convertido en una vampiresa del sol.

Esta una quiere ver como los árboles cambian las hojas y como en los parterres de la ciudad se plantan diferentes plantas que vayan más acorde con la estación que toca, que lleguen las golondrinas y que toda la flora y la fauna informe del paso del tiempo. Sin estaciones, sin cambios en las calles y en el vestir, todos los días se hacen iguales. Lo sé, Alberto, una ciudad gris por la nieve sucia es un horror, igual que lo será el verano infernal que vas a pasar. Pero, hay cambios y, con ellos, verás diferente la ciudad y a la gente. Aquí, eso no pasará. Aquí todo será siempre igual.

lunes, 10 de marzo de 2008

Villa de Leyva

La “family” ya está en Bogotá. Llegaron el pasado martes por la noche y, después de dar vueltas por la ciudad solos el miércoles y jueves, el viernes nos fuimos todos juntos a Villa de Leyva.



Este pueblecito situado a 4 horas en bus de Bogotá conserva todo el encanto de las villas coloniales, con calles empedradas, casas blancas de tejados a dos aguas, balcones verdes y tranquilidad total. Allí hay poco que hacer, y en unas horas se ve todo el pueblo, todos los museos y las iglesias. Pero, alquilando un taxi, a caballo o en chiva, se pueden visitar otras poblaciones y otros puntos de interés de la zona.



Así que, el sábado por la mañana, después de visitar el mercado (creo que éramos los únicos extranjeros allí), pedimos un taxi y nos fuimos de ruta por la zona.




La primera parada fue en Pozos Azules, unas balsas de agua en medio del desierto que nunca se secan y que tienen unos colores vivos entre azul y verde producidos por los minerales que tienen.





Tras un paseíto y 5 minutos más en taxi, llegamos al fósil, un pequeño museo en el que se pueden contemplar diferentes fósiles encontrados por la zona, entre los que destaca un kronosaurio de 20 metros de largo y antepasado de los cocodrilos actuales. Es llamativo ver como el área en la que se encuentran estos fósiles era fondo marino hace cientos de millones de años y, ahora, forma parte de la cordillera andina y está a más de 2500 metros de altitud.




La tercera visita fue en el “Infiernito”, un centro astronómico de los Muiscas (cultura indígena colombiana que habitó la zona desde el siglo VI a.C hasta la conquista española). Situados en el jardín del centro de investigación, pueden observarse fragmentos del observatorio y monolitos fálicos de todos los tamaños erigidos como símbolo de la fecundidad.




Para terminar el recorrido, nos fuimos al pueblo artesanal por excelencia: Ráquira. Allí, sus calles sólo tienen tiendas con artesanías típicas de Colombia, principalmente piezas de arcilla, bolsos, hamacas y móviles de techo. Carmen y yo nos compramos una hamaca cada una para las terracitas de nuestras casas y volvimos al taxi.




Por último, antes de volver a Villa de Leyva, paramos a comer en un sitio típico de fritanga, donde nos dieron papa criolla, longaniza, carne, chicharrón, yuca, plátano y no sé qué cosas más.


Todo, y cuatro bebidas, por el módico precio de 2,5 euros por cabeza.

Hoy, se han ido a Medellín hasta el jueves, y el sábado retomaremos nuestros viajes por Colombia yendo a la parte norte del país: Guajira, Tayrona y Cartagena.

martes, 4 de marzo de 2008

La semana perfecta


Es triste volver a casa después de un viaje. Es muy triste pensar que te vas de un lugar para, muy posiblemente, no volver jamás. Y, ésta, es un poco la sensación que tengo ahora mismo. Me voy de Honolulu para volver a mi pseudovida colombiana en la que sobrevivo gracias a mis escapadas fuera de Bogotá. Esta vez, cierto es que la vuelta es diferente porque la familia se planta aquí durante casi un mes, pero sigue costando.


Esta semana en tierras hawaianas ha sido muy muy buena. Es más, ahora, si fuera un sim tendría la barra de felicidad llena y es que, aquí, por primera vez en muchos meses no me he sentido sola en ningún momento.


Carlos ha sido el perfecto anfitrión, y estos días de "luna de miel" sin rozarnos se han pasado rapidísimos.



Al principio, cuando decidí que iba a hacer el viaje, me asustaba un poco la idea de pasarme una semana entera con alguien con quien sólo había compartido horas. Ahora, tras la experiencia de hablar y escuchar sin cansarme ni un solo instante, puedo decir sin dudar que ha merecido la pena.


Carlos, como ya le he dicho mil veces, es guapo por dentro y por fuera (nines, feis via, que encara és fadrí) y, pese a que el sitio ha ayudado a hacer la semana más perfecta si se podía, creo que hubiera sido igual de buena en el sitio más feo del mundo.


Ahora sí que puedo decir que eres el amigo que quiero a mi lado muuuuuucho tiempo.