sábado, 10 de noviembre de 2007

Mi (no) viaje a Quito

Hoy empieza mi época de viajes. Después de más de un mes en Bogotá, ya iba siendo hora de coger un avión y acercarme a un país vecino. En este caso, el elegido es Ecuador. Allí me espera Eva Paíno, la compañera de grupo del “padre de mis hijos” (hay Javi, que lejos pilla Estocolmo. Con lo bien que estaríamos si te hubiera tocado Lima…), con quien voy a disfrutar de tres días enteros (e intensos) en Quito.
Por lo que me ha informado, vamos a hacer unas cuantas excursiones y, entre las cosas que haremos será poner un pié en el hemisferio norte y otro en el sur…
Ahora estoy en el aeropuerto internacional de Bogotá, El Dorado. Para llegar hasta aquí, como no, ha sido otra odisea. El vuelo sale a las 20:40 y yo he tenido que salir de casa a las 16:45 horas. Hoy ha vuelto a llover en esta ciudad gris y no me podía exponer a que el trancón (atasco) me hiciera llegar tarde al aeropuerto. Además, aquí tienes que estar 3 horas antes de la salida de tu vuelo, así que no tenía mucho tiempo de margen.
Lo de las 3 horas de antelación, una vez que pisas la sala de facturación, entiendes por qué es así. Para llegar al mostrador y perder de vista mi maleta (que espero no llenen de droga en la bodega del avión), he tenido que pasar por tres señoritas diferentes. Una me ha pedido el nombre, la otra la maleta (para colocarla en una línea frente al mostrador) y, la tercera, me ha hecho pagar los impuestos de salida del país. Esta última, por cierto, cuando ha visto mi sello de entrada en Colombia me ha dado las falsas esperanzas de que, probablemente, no tendría que pagar y me ha hecho ir a otro sitio para preguntarlo. Este pasaporte azul de servicios en el que el Rey y el Ministro de Asuntos Exteriores solicitan que se me pongan las mayores facilidades donde vaya, es una putada en estos casos. La señorita, muy borde, por cierto, me ha comunicado que un pasaporte de servicios no sirve para eximir impuestos. Así que he tenido que pagar unos 40 euros para salir.
Tras este éxito, otra señorita me ha recogido la maleta y me ha dado mi tarjeta de embarque que es, más o menos, como los billetes de avión de los años 50.







Bueno, ahora que han pasado unas horas, que he visto Paco y Veva por TVE Internacional y que he hecho y congelado lasagnas. Ahora es el momento de continuar con este relato. Pues bien, hasta antes de la foto, yo estaba en el aeropuerto escribiendo lo que iba a ser mi fin de semana maravilloso. Me llevaba el ordenador porque el lunes tengo que presentar un trabajo de la UOC, pero con todos los planes montados suponía que, al final, lo pasearía inútilmente. Bueno, pues cuando estaba emocionada pensando en lo que haríamos Eva y yo por su ciudad, ha llegado una de esas azafatas tan amables y ha preguntado si había algún pasajero que fuera a Quito. Yo, feliz pensando que ya embarcábamos he levantado la mano. La verdad es que me ha sorprendido un poco que vinieran a buscarme tan pronto, pero como aquí para todo necesitan horas, he supuesto que me llevarían a otra sala con esas más de 2 horas de anticipación.
Grave error el mío al pensar que este fin de semana iba a desconectar de esta ciudad que me está volviendo loca y que me hace cocinar a la 1 de la madrugada de un viernes. Error, digo, porque esa “querida” azafata lo que venía a comunicarme era que se había cancelado mi vuelo porque un avión de Iberia (sí, Iberia, y yo preocupada con las Aerolíneas Galápagos) había tenido un accidente y había dejado el aeropuerto de Quito inutilizado hasta mañana. En ese momento me he cagado un poco en estas repúblicas bananeras cuyos aeropuertos sólo tienen una pista y sus presidentes no autorizan su ampliación. Además, tras esta gran noticia, vuelta a la odisea de llegar a los mostradores de facturación pasando por el control de pasaportes (donde, después de recoger mis cosas, han tenido que cancelar mi salida del país) y llegada a las simpatiquísimas azafatas de Aerogal.
A mí, de por sí, me cansa esta super amabilidad colombiana y este amor por las españolas que hasta el policía que ha sellado mi pasaporte me ha preguntado si podía ayudarle a conseguir un visado. Pero, lo de hoy ya ha sido el colmo. En situaciones como la cancelación de un vuelo, los colombianos podrían quejarse y las azafatas poner un poco de mala cara y no esa carita de niñas buenas diciendo “bueno, mañana le llamamos y le decimos cuándo puede volar”. Parecía que era yo la única pasajera cabreada. Y lo estaba muuuucho. Además, nadie me ha dicho si podría salir mañana o si la situación continuaría. Vamos, ha sido fantástico.
Pues nada, lo que iba a ser un puente en Ecuador se ha convertido en otro en Bogotá sola. Lucía y Pablo se han ido a Cartagena y no estoy para ver a mucha gente que me diga que esto es normal. Así que aprovecharé para hacer ese trabajo, aprender a cocinar platos nuevos y a descansar encerrada en la ciudad de los horrores!!
Por cierto, me han llamado de la compañía aérea para decirme que el vuelo de mañana también se había cancelado y que me llamarían para decirme si podía viajar el domingo. Como es de suponer, no me iré el domingo a Quito para volver el lunes. Menos mal que, al menos, me devuelven el dinero del billete o me dan un billete abierto con validez de un año…

3 comentarios:

Eva dijo...

Con todos mis respetos para el país, esto no es muy desarrollado, dejan la capital incomunicada dos días enteritos, yo alucino!!!!
Y como el transporte por tierra va taaan bien, pues para que pedir más.
De verdad....
Otro finde será. Y espero que prontito, Quito se sigue esperando!!
Muchos besos

margalida. dijo...

Pues vaja putada!
bé segur que tens més oportunitats d'anar-hi un altre cap de setmana!!
He fet un parón per entrar per aqui que feia dies que no ho mirava pero duc un dia d'estudi agotador! (Qui anava a pensar que jo diria aiixò mai)
Be reina esper que sa fira de s'altre dia acabàs bé i a n'es final fos un poc més divertida..!
ja xerram, un beso!

Eva dijo...

Urrr, desde Sao Paulo me solidarizo contigo. Qué faena!! Haz el favor de empezar a salir y a sociabilizarte... que me ha preocupado eso de ponerte a cocinar un viernes a la una de la mañana.

Un besazo, cuidate y echale paciencia al asunto... que falta nos hace.